Susurros de vida

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Ramos Sucre: 80 años de desvelos junio 13, 2010

Filed under: Papiros amorosos y otras letras — susurrosdevida @ 4:16 pm

 El poeta fue el primero en escribir poesía en prosa en el país y una importante influencia para las posteriores generaciones de escritores 

 Por Simón González

Probablemente allí, en su lecho de muerte, se reunieron todos ellos, los hijos de su fértil imaginación de poeta. Héroes, viajeros, princesas, misántropos, aves con el don de la presciencia y personajes históricos renovados con su pluma. Para 13 de junio de 1930, día de su fallecimiento, José Antonio Ramos Sucre, el bardo cumanés, había ofrecido tres libros que ayudaron a renovar la poesía venezolana. Tres obras que también daban cuenta de su ardua pelea con la realidad, de la que surgieron todos estos personajes inimaginables, que hasta hoy disfrutan sus lectores.

Ramos Sucre nació el 9 de junio de 1890 en Cumaná, hijo de Jerónimo Ramos Martínez y Rita Sucre Mora. La relación con ellos marcó el accidentado camino de su interacción con los otros. Mientras él esperaba amor y atención de ellos, estos, en su lugar, mostraron desdén y disciplina férrea.

El poeta nunca le perdonó a su padre que relegara su educación en el tío, el padre Ramos, quien se llevó al chico a Carúpano cuando tenía 10 años de edad. A este pariente, maestro latinista, le debe el comienzo de su interés por el conocimiento, pero también prohibiciones que no olvidó.

En 1911, el joven se muda a Caracas para cursar estudios universitarios de Derecho, también da clases en el colegio Sucre y en el liceo Caracas.

Esa década que comienza podría considerarse el período de especial formación, pues, comienza a publicar sus primeros textos en periódicos y revistas, se gradúa de abogado, aprende por su cuenta griego, danés, alemán, sueco y holandés, y comienza a trabajar como traductor en la Cancillería.

Más allá  de la realidad

Entre 1921 y 1929 publica sus obras. A pesar de ser el primero en escribir poemas en prosa en Venezuela, en ese primer momento, sus creaciones reciben el calificativo de cerebral. Pero será la generación de 1960 la que lo rescate y le dé valor.

En 1921, publica Trizas, reunión de sus textos sueltos, que cuatro años después puliría y ofrecería, con la suma de cerca de 50 nuevos poemas, bajo el título definitivo de La torre de timón. Y en 1929, publicaría Las formas del fuego y El cielo de esmalte.

Las creaciones literarias de Ramos Sucre dan cuenta de mundos maravillosos, donde se juntan damiselas, ascetas y héroes caídos en castillos en ruinas, selvas inhóspitas y civilizaciones que solo pudieron salir de su mente.

Para algunos escritores que han revisado su vida y obra este don ha surgido de un hombre con dificultades para establecer nexos con los demás. Y aunque no se puede establecer que sus personajes literarios sean exactamente él, si parece haber en ellos la representación de angustias propias. En su poema “La vida del maldito”, el personaje principal denota su problemática relación con la otredad a través de esta frase lapidaria: “Yo quiero escapar de los hombres hasta después de muerto”.

“Construyó su reino a partir de un prolijo asesinato de la realidad. Nada de lo que era merecía serlo. Investigó, para salvarse, las realidades que otros habían engendrado con palabras, en los libros y en los atlas”, concluyó el escritor y periodista Tomás Eloy Martínez.

Ya por el comienzo de esta década, Ramos Sucre comenzó a padecer de insomnio y cada vez se acentúa. En 1930, es nombrado cónsul en Ginebra, Suiza, y aprovecha el viaje para internarse en instituciones médicas de Alemania e Italia, pero los médico no hayan la cura para su trastorno del sueño, que ha afectado seriamente su paz, al punto que escribe en una carta: “El desequilibrio de mis nervios es un horror y solo el miedo me ha detenido ante el umbral del suicidio”.

Posteriormente, asume por breve tiempo su trabajo en el consulado, pero ya sus nervios están minados, lleva dos años sin escribir con disciplina. El día de su cumpleaños número 40, el 9 de junio, toma una cantidad de hipnóticos que le produce la muerte cinco días después.

Han pasado 80 años desde su muerte, y la obra que en un principio resultaba anacrónica ha resultado renovadora para las letras venezolanas, lo fue en 1960 y prometer seguir siéndolo para las nuevas generaciones. Como lo expuso Eugenio Montejo: “Es verdad que ya no se la descarta de nuestro patrimonio lírico con tanta displicencia como antes, pero sus continuadores más dotados están por aparecer”.  
 

 El extranjero

Había resuelto esconderse para el sufrimiento. Se holgaba en una vivienda sepulcral, asilo del musgo decadente y del hongo senil. Una lámpara inútil significaba la desidia.

      Había renunciado los escrúpulos de la civilización y la consideraba un trasunto de la molicie. Descansaba audazmente al raso, en medio de una hierba prehensil.

      Insinuaba la imagen de un ser primario, intento o desvarío de una época diluvial. El cabello y la barba de limo parecían alterados con el sedimento de un refugio lacustre.

      Se vestía de flores y de hojas para festejar las vicisitudes del cielo, efemérides culminantes en el calendario del rústico.

      Se recreaba con el pensamiento de volver al seno de la tierra y perderse en su oscuridad. Se prevenía para la desnudez en la fosa indistinta arrojándose a los azares de la naturaleza, recibiendo en su persona la lluvia fugaz del verano. Dejó de ser en un día de noviembre, el mes de las siluetas. 

Del libro El cielo de esmalte (1929)

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