Susurros de vida

EL INSTANTE, EL SEGUNDO Y LA BREVEDAD QUE NOS RECUERDAN QUE LA VIDA ES UN LINDO REGALO

Mi carta abril 6, 2010

Filed under: Sin categoría — susurrosdevida @ 12:45 pm

No gané, ni quedé como finalista. Nuevamente el concurso fue una oda a la motivación para escribir, para salir de la rutina, hacer uno que otro experimento entre las letras prestadas, historias de otros y una visión de lo posible de un tema de mucho interés. Me encantó escribir en este género de relato de vida porque el acercamiento que permite la primera persona es precioso. Lo aclaro, nada es ficción y los hechos ocurrieron sí a destiempo pero no por eso dejan de ser ciertos. Las posibilidades para enaltecer la vida abundan y esto es simplemente otra muestra de amor que comparto.

AHORA, QUE COMPARTIMOS UN HÍGADO

No le conté a nadie de la familia que te escribiría esta carta. Las letras que aquí te dejo comenzaron a pasearse por mi cabeza, desde el día en que me enteré que estabas dispuesto a donar parte de tu hígado para salvar mi vida. Juro que ese día presentí por primera vez, en mis 18 años de vida, que podía cambiar la imagen que tenía de ti y arriesgarme a quererte como hija un poco más…pero no te lo dije. Antes de la operación acordé con uno de mis mejores amigos y con una de mis enfermeras más queridas (y alcahuetas) esta estrategia, previamente autorizada por mi médico: si todo salía bien con tu operación y con mi trasplante, entonces entre los dos me harían llegar esta laptop desde la que te escribo, para dedicarte una carta. Y aquí me tienes, a una semana del día que cambió para siempre mi vida, todavía en la sala de cuidados intensivos, con las neuronas bien ubicadas para expresar lo que he guardado durante tanto tiempo, te cuento parte de lo mucho que no sabes desde el día en que todavía era muy niña y te fuiste de la casa. Siento que los recuerdos se golpean por querer salir y de manera instantánea todo se traduce en lágrimas. Lo hiciste, me donaste  parte de tu hígado y todavía no lo puedo creer.

Temí por ti durante cada segundo que vino después de tomar la decisión del trasplante, veía tu cara y todavía dudaba si te arrepentirías o no, en el momento menos indicado. Entre el temor y la duda te confieso que no quería que nada malo te pasara, esos días fueron extraños porque comencé a sentir que te quería más de lo que yo sabía. Por un momento sentí que te faltaba esa fortaleza y arrogancia que yo he ganado a fuerza de conocer las agujas y el dolor, en las 23 veces que llegué a entrar al quirófano para la esclerosis de mis várices esofágicas. Sentía que desde el momento en que diste tu palabra, hasta el día de la operación, mi historia tambaleaba a tu voluntad  y eso me llenó de una intranquilidad que hoy ya no existe. Qué bueno es despertar un día y tener sólo certezas, ver que lo peor ya ha pasado y que puedo creer nuevamente en tu palabra.

Nunca antes tuve una referencia de tus capacidades, porque me perdí el día a día contigo, donde la mayoría de los hijos adivinan hasta los temores de sus padres. Incluso por un instante tuve cuatro sensaciones en mi cuerpo: una, la de sentirme perdida al saber que mi mamá no podría ser la donante de parte del hígado para salvarme, porque ya le había dado hepatitis; dos, la de sentirme angustiada por tu decisión, mientras también pensabas en tus otros hijos y tu nueva familia; la tercera fue la de sentirme un obstáculo porque accederías a la donación sólo en vista de que no quedaba más remedio y qué diría la gente si no lo hacías; y la cuarta, que ha sido la correcta, fue y es la de sentirme bendecida por tener algo tuyo conmigo y hacerme la idea de que ya seremos inseparables. Todo esto me ha llevado a entender que mi admiración hacia ti, esa que siente o puede sentir cualquier hija por su cualquier padre, comenzó con este acto de donación y supera el hecho de haberme dado la vida, aquella primera vez.

Hoy creo que soy capaz de olvidar el dolor que me dejó tu ausencia y renovar mi vida en búsqueda de ratos contigo, dejar de verte como un extraño, ser cómplices de un acto de donación que todavía no sé si es valorado como debe serlo, por la mayoría de las familias en este país; ser como toda hija, que exige y da cariño. Han pasado cosas grandiosas en este tiempo, y no solo me refiero a esta primera semana de sentir que funciono bien, no, me refiero al tiempo en que viví con las vías biliares chuecas. En ese tiempo en que tu imagen aparece nublada en mi mente, en los primeros años cuando estuviste por poco tiempo y luego pasamos a ser una referencia. No estuviste cuando me puse amarilla, en esos días en que parecía no sé si un marciano pero sí algo parecido, desde allí comencé a entender por qué las personas son más bonitas por dentro, que por fuera. Por fuera yo daba miedo, y en las salas de espera, de emergencia y luego de recuperación, las enfermeras y los médicos fueron los que soportaron mi mal humor, mis gritos, mi angustia. Poco a poco me fueron dejando lecciones, imagínate todo lo que aprendí que hoy soy hasta capaz de verte como a un paciente más, como lo he sido yo, con toda esa carga de angustia que invade en el instante en que se cree estar al filo de la muerte. Suspiro hondo en este momento porque te atreviste a poner en tu destino esta operación, para salvarme.

Soy un poco injusta por no haberte dicho antes lo mucho que te quiero y lo mucho que me ha gustado este tiempo de las evaluaciones preoperatorias, porque me han permitido estar cerca de ti aunque sea para manifestar mi cariño con alguna de mis malas caras. Sin necesidad de que te pongas amarillo, como una vez me dejó el descontrol con la bilirrubina, puedo entender que a pesar de lo ocurrido, las decisiones tomadas, el tiempo que no usamos y toda la fachada de afuera… allá adentro hay un papá para mí. Soy también un poco frágil por no tener el valor de decirte en persona cada una de las cosas que aquí escribo, pero creo que es mejor de esta manera, me conozco y de pronto puedo dejar de decir algo y ponerme a llorar mientras te abrazo, o quien sabe si me brota ese ánimo tan particular que tengo y hago todo lo contrario a lo correcto.

Me has hecho falta, pero lejos de ser llorona debes saber que tu hija mira con alegría el presente y el futuro, así que prepárate porque me pondré más creativa en todo este tiempo que desde ahora, los dos hemos ganado. Nunca olvidaré que así como creo en todas las batas blancas que me han atendido desde que tengo memoria, también te creo capaz hasta de lo imposible. Gracias por rescatar la imagen de héroe que sé que se esconde detrás del rol que ahora se renueva mientras compartimos un hígado, sé que hay formas más refinadas de decirlo y de pronto menos cruentas pero… he cultivado el humor negro frente a tanta adversidad. Te reirás o me regañarás, aunque ya no tiene caso, cuando te cuente que nunca dejé de montar bicicleta como dice mi mamá que una vez me enseñaste, en bajada y a toda velocidad, aunque toda la aventura terminara en mareos y vómitos de sangre a causa de mis hemorragias digestivas. Luego hablaremos de otras cosas. Debo terminar. La enfermera espera por la carta para imprimirla y entregártela en tus manos, con su cara de yo no fui. Te quiero, bienvenido otra vez a mi vida, ahora que me salvaste.

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