Susurros de vida

EL INSTANTE, EL SEGUNDO Y LA BREVEDAD QUE NOS RECUERDAN QUE LA VIDA ES UN LINDO REGALO

Mi Lucía noviembre 24, 2009

Filed under: Sin categoría — susurrosdevida @ 4:10 pm

Un fin de semana es suficiente para reunir nueva información sobre mi Lucía… mi abuela. Pienso con gusto y por supuesto sonrisas lo acertada que fue mamá al dejar que éste fuera mi segundo nombre. Me hace gracia entender que ese Lucía tiene sus cosas, que tengo cosas de ese Lucía, que obviamente no se ha heredado sino por la genética pero hoy todo (o parte) se resume en un nombre. Mi Lucía cumplió 78 años y ha sido un gusto verla apagar las velas nuevamente, mientras los nietos más pequeños cantan el tradicional cumpleaños a su manera, con una torta tan grande que incluso alcanza para los familiares ausentes y con alegría. Sobre todas las cosas, sobre todas las circunstancias que le ha tocado vivir, en medio de la faena de traer al mundo a cinco hijos, mi Carmen Lucía es un ser alegre. Su alegría no siempre se nota al verla por primera vez, si volteas rápidamente hasta se podría pensar que es un ser amargado, jajajaajajaa, nada más lejos de la realidad, pero… por qué nos tenemos que estar riendo con todo el mundo? En esa seriedad que se manifiesta en muchas de sus arrugas normalmente se traza el camino hacia conjeturas, pensamientos o una que otra hipótesis de la relación que pueda tener un sueño con la realidad. La mayoría de las veces recuerda lo que sueña y si no tiene a nadie al lado al momento de despertarse, a la primera llamada que recibe aprovecha para desatar sin freno un buen cuento.

 

Lucía nunca habla de mi abuelo, nunca en todo el tiempo que se ha intentado el interrogatorio se ha logrado el objetivo, de ninguna manera o por lo menos hasta ahora no ha sido posible conocer nada sobre ese amor. Dicen que hasta la fecha posiblemente esté celosa de que todo el mundo lo creyera más cariñoso que ella. Posiblemente algo sea cierto… porque es desde aproximadamente diez años que mi Lucía abraza con ganas y le cae a besos a sus nietos…sobre todo con los grandes, que ya han aprendido las normas y a comportarse. Desde que tiene memoria cuida de la salud de todos los que están a su cargo, de los vecinos y de cualquiera que esté cerca. Por supuesto ya se hizo su chequeo médico de fin de año y todos los valores están bien. Nació en un pueblo que colinda con montañas en la zona sur del estado Carabobo y desde allí, sin ponerle atención a su entorno sino aprovechando cada instante y cada circunstancia logró ser una persona reconocida que con mucho esfuerzo fue a la ciudad e inculcó a sus hijos costumbres que hoy siguen vigentes.

 

Sus manos han pasado por muchos oficios pero sobre todas las cosas puede decirse que la coquetería la llevó a ser modista, imposible salir de la casa sino bien arreglada. Creo que de esos años más duros, cuando fue hija única en un pueblo bárbaro y tenaz, viene la génesis de su carácter. A Lucía no le tiembla ni un poquito la voz para dar a conocer su punto de vista, para manifestar cuando está triste, alegre o molesta. Y hasta el fin de semana pasado le dejaba claro a sus nietos más pequeños que no estaba interesada en que le llevaran gente a la casa, para que la conocieran. De ese no jugar con nadie en casa, excepto con sus cosas que eran todas las cosas, posiblemente se haya instaurado en ella (y de manera consecuente en otras  generaciones) un cierto culto, respeto y recelo por la soledad. Ese instante donde solo la conciencia acompaña y ya todo parece alcanzar un clímax insólito, sin quejas, sin que signifique que se quiera permanecer así, solo, toda la vida… pero si gran parte de la vida. Lucía ha cultivado tanto su espacio que se conoce hasta la manera de quitarse las mañas. Es una justiciera, más allá de todo siempre está pendiente de que las cuentas queden saldadas en el tiempo preciso, sin forzar nada, pero que se haga justicia.

 

 

Últimamente la vista le tiene reducido el espectro de colores y ya es una verdad que extraña el color azul… aunque siempre tiene tanta esperanza que es capaz de decir: “Yo te llamo cuando ya comience a ver el azul”. La pobre ha tenido glaucoma, catarata y un montón de obstáculos para ver la luz con todos sus detalles y sombras… pero ahí sigue luchando con su tratamiento. Si bien quedaron atrás los días en que manejó hasta camiones, enseñó a los perros a cazar gallinas, vio gallos morir de amor y hasta mató culebras… la posibilidad de tener por algunas horas la bendición de su mente lúcida es uno de los mejores regalos que todavía me da la vida. ¡Cumple más años Lucía para seguir conociéndome!

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